Vender humo por internet

Por qué pierdo clientes siendo honesto. Y por qué no pienso cambiar.

Me animo a escribir este post al final de una semana, en la que, por primera vez en mi carrera profesional, tres clientes han confiado en esta modesta agencia para construir su proyecto online.

Aclarar, para no resultar presuntuoso, que cerrar tres clientes en este plazo es un hito que probablemente no se vuelva a repetir. Si son tres por trimestre, estaré más que satisfecho. 

El motivo de la introducción es para aclarar que no es un post hecho desde el resentimiento, sino todo lo contrario.

Ir de cara no te facilita ganar clientes 

Hay una conversación que he tenido decenas de veces. El cliente llega con prisas, con expectativas moduladas por alguien que le ha prometido la luna. Me pregunta cuándo va a ver resultados. Le digo la verdad. Y a veces, en ese momento exacto, lo pierdo.

Esto no es un pataleo de mal vendedor. Hace tiempo que entendí que ese filtro existe para algo. El que se va corriendo hacia quien le promete el top 3 orgánico en treinta días no es el cliente que necesito. Es el cliente que en el mes cuatro me va a llamar furioso porque la realidad no ha respetado las diapositivas de la propuesta.

Perderlo en una llamada de cierre no es un fracaso. Es higiene.

Vender humo es más fácil. Mucho más fácil.

El sector tiene un problema que nadie nombra en voz alta. Prometer es gratis. Ejecutar, no.

El humo se entrega inmediatamente. Promesas grandes, casos de éxito (manipulados), reuniones donde todo va genial y el cliente sale pensando que ha contratado al próximo gurú de Silicon Valley. Alguien que le va a convertir en el Elon Musk de su sector. Pero más simpático y con menos polémicas en Twitter.

El cliente no sabe lo suficiente para detectar que le están vendiendo humo. Y cuando lo detecta, ya ha pagado varios meses una cuota muchas veces por encima del precio de mercado. Ese es el modelo. No es un accidente, es una estrategia.

He trabajado con agencias antes de trabajar por mi cuenta. He visto cosas que cuestan de creer. Supuestos consultores de éxito prometiendo primeras posiciones en Google en treinta días para sectores con una competencia brutal. Presupuestos de Ads gestionados con una negligencia que en otro sector tendría consecuencias legales. Clientes pagando entre 800 y 2.000 euros al mes durante meses sin que nadie fuera capaz de explicarles con claridad qué se había hecho con ese dinero y porqué no se estaban consiguiendo resultados.

Eso no es vender ilusión. Es robar a manos llenas.

Por qué gana quien más promete. Y por qué eso no es culpa del cliente.

Hay un paper de 1970 que explica mejor que nada lo que pasa aquí. Lo escribió George Akerlof y se llama El mercado de los limones. La idea central: cuando el comprador no puede distinguir un producto bueno de uno malo, el mercado se pudre. Los vendedores malos compiten en precio y promesa sin asumir el coste real de la calidad. Los buenos no pueden demostrar que son buenos a un coste razonable. Con el tiempo, los malos desplazan a los buenos.

Lleva años pasando en el marketing digital y nadie ha resuelto el problema.

El cliente que busca una agencia no tiene herramientas para analizar una propuesta con rigor. No puede verificar si el caso de éxito es real, si el consultor que dice facturar 300.000 euros al año lo hace o se lo inventa, si el dashboard que enseña corresponde a una cuenta activa o a una captura de hace tres años. Compra la señal porque no tiene otra opción.

Y ahí está el segundo problema. Como la calidad no es observable, el cliente se fija en señales: pantallazos de periodos muy concretos, jerga técnica, supuestos casos de éxito, estilo personal… En teoría económica, una señal funciona cuando es costosa de imitar para quien no tiene la calidad real. Pero en este sector muchas señales son baratas de fabricar y casi imposibles de verificar. El resultado es lo que en teoría de juegos se llama pooling equilibrium: buenos y malos mandan la misma señal, el comprador no distingue, y la señal deja de tener valor informativo.

No gana el mejor. Gana el que mejor señaliza su credibilidad.

El coste reputacional existe, pero tarda. Puedes prometer posiciones imposibles, cobrar cuatro meses hasta que el cliente te pilla con el carrito del helado. Muchos aprenden a hacer las preguntas correctas después de haber pagado la matrícula con alguien que les engañó.

Lo que pasa cuando dices la verdad en una primera llamada

El posicionamiento orgánico tarda. Entre cuatro y ocho meses para empezar a ver movimiento real, dependiendo del sector, la competencia y el estado de la web. A veces más.

Cuando lo digo así, en una primera llamada, hay clientes que desaparecen. Se van con quien les ha prometido el top 3 en dos meses. Ese alguien no es un profesional. Es alguien que ha hecho el cálculo de que para cuando el cliente lo entienda, ya habrá cobrado suficiente para que le compense.

A corto plazo, eso me cuesta ventas. Puede llegar a desgastar. No voy a fingir que no.

Pero el cliente con prisas que no quiere escuchar plazos reales no es un buen cliente. No porque sea mala persona. Sino porque la relación está rota desde antes de empezar. Con expectativas infladas, en el mes tres va a estar insatisfecho aunque los resultados sean objetivamente buenos. Va a medir con la regla equivocada. Va a pedir cambios de estrategia basados en impaciencia, no en datos. El ciclo de vida de ese cliente es corto y agotador. Para él y para mí.

El cliente que sí quiero

El que llega, escucha, entiende los plazos y decide apostar de todas formas. Ese viene con cabeza de inversor, no de consumidor impulsivo. Sabe que el coste de oportunidad de no hacer nada también existe. Y cuando los resultados llegan, los valora porque ha entendido lo que ha costado construirlos.

Con esos clientes llevo años trabajando. Algunos han triplicado su facturación. Otros han pasado de no existir en Google a tener una presencia consolidada en su nicho, siendo Internet su principal canal de captación. Si quieres ver de qué estoy hablando con números reales, está todo en los casos de éxito.

La relación con esos clientes no termina en seis meses. No termina nunca. Ellos hacen mucho dinero y yo me llevo una pequeña parte de su éxito en forma de fee mensual y orgullo por el trabajo bien hecho.

Lo que he visto por dentro. Y no se olvida.

En el pasado trabajé con gente que tenía el proceso contrario perfectamente definido.

No el proceso de hacer bien el trabajo. El otro.

Más preocupados por estar al día en técnicas de cierre y metodologías de venta que por tener un equipo formado, motivado y bien pagado. El producto que vendían hacia fuera no tenía nada que ver con lo que pasaba hacia dentro. He visto proyectos entregados a freelances sin experiencia real, pagándoles un 10% de lo que abonaba el cliente.Y creéme que el margen no se dedicaba a la formación para dar un mejor servicio.

He visto reuniones de seguimiento cuyo único objetivo era ganar oxígeno. No resolver nada. No mejorar nada. Conseguir que el cliente saliera de la llamada con la sensación de que algo se movía para poder rascar una cuota más. La gestión del fracaso convertida en disciplina operativa.

No era incompetencia. Ojalá fuera incompetencia.

Era sistema. Calculado, repetido, rentable a corto plazo. Y destructivo para cualquiera que lo rodee.

Luego están las empresas con las que sigo colaborando. Las que señalizan de verdad. Las que te llaman cuando algo no funciona sin esperar a que lo detectes tú. Las que en una reunión de seguimiento dicen «esto no está dando los resultados esperados, y esto es lo que vamos a cambiar.» He tenido la suerte de ver ese modelo de cerca también. Y de aprender de él.

La diferencia desde fuera no siempre se ve. Dos propuestas, dos logos, dos decks con casos de éxito. Una es trabajo real. La otra es packaging bien ejecutado.

Lo que hay ahí fuera asusta. Pero no puedes competir vendiendo el mismo humo si no quieres ser parte del problema. Esa es la línea. La que no cruzo.

Si estás evaluando contratar servicios de marketing digital, hay preguntas que un vendedor de humo no puede responder bien: ¿qué métricas concretas vamos a usar para medir si esto funciona? ¿Cuándo deberíamos ver los primeros indicios reales de mejora? ¿Puedo hablar con algún cliente actual, no con un logo en una diapositiva?

Si la respuesta es vaga, ya tienes lo que necesitas saber.

El cálculo

Un cliente con expectativas correctas que dura dos años vale más que tres clientes con expectativas infladas que duran cuatro meses y se van enfadados. No solo económicamente. También en energía, en reputación, en capacidad de hacer el trabajo bien sin estar apagando fuegos constantemente.

La reputación compuesta existe. Cada cliente satisfecho habla. Cada cliente engañado también habla, pero en otra dirección.

Lo que ofrezco no emociona en una primera reunión. Casos documentados, clientes verificables, plazos que no gustan. No hay promesa de convertirnos en el próximo caso de éxito viral. Hay trabajo, metodología y honestidad sobre lo que se puede conseguir y en cuánto tiempo.

Pero es lo único que aguanta cuando el cliente ya sabe suficiente para preguntar bien.

El negocio que quiero construir no es el que cierra más. Es el que cierra mejor.

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